VI DOMINGO DE PASCUA

HOMILÍA DOMINICAL

VI

HOMILÍA DOMINICAL
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Escribió San Francisco de Asís:

“Que la paz que anuncian con sus palabras esté primero en sus corazones”.

 

La paz no es un signo que caracterice nuestro tiempo. Para convencernos de ello es suficiente hacer un recorrido por el mapa mundial y ver:

 

Las relaciones humanas, la política, la ideología y la economía no pueden ser calificadas precisamente de pacíficas. La misma Iglesia, con frecuencia, da muestras de crispación e irritabilidad. Todos queremos tener razón defendiendo exclusivamente los propios intereses.

 

Junto a esta situación, están:

 

Hay anuncios y propagandas de paz que adormecen y drogan a las personas y a los pueblos. Los explotados y oprimidos no suelen tener ocasión de hablar de la paz que necesitan. Todo esto nos debe hacer pensar “peligrosamente”.

 

En lo más profundo del corazón del hombre y de la vida de los pueblos existe un profundo anhelo de paz. La paz está en el fondo de todas las aspiraciones humanas. Una paz que es imposible lograr sin libertad, sin justicia, sin verdad y sin amor, porque la paz es el resultado de la unión de las cuatro. A la vez que deseamos la paz, sentimos la total incapacidad de lograrla para todos.

 

Los pueblos semitas se daban la paz en los saludos y despedidas. Abarcaba todos los bienes y era sinónimo de felicidad. Jesús se acomoda a esta costumbre, pero sus palabras se diferencian esencialmente de la despedida o saludos profanos. Su paz no se refiere a una prosperidad de carácter terreno y ni siquiera a la paz interior del alma. Se trata de SU paz, la paz que posee el que no pertenece a este mundo, y que llega a los discípulos a través de la comunión que los une con él. No es una paz totalmente hecha, sino una tarea que entre todos debemos realizar. Tampoco se coloca fuera del alcance de las dificultades de la vida, pero sí da las fuerzas necesarias para superarlas.

 

La paz no puede venirnos más que de Dios. Es un don suyo. Un don que debemos pedir y agradecer y con el que debemos colaborar. Un don que en Jesús se ha hecho realidad palpable y vital. El, Jesús, es nuestra paz; el único que da la paz que necesita la humanidad. Una paz que hará posible el hombre nuevo, la nueva humanidad; que producirá una sensación interior de plenitud, al no contentarse con lograr un orden externo justo.

 

El amor de Jesús es su paz, la paz que él nos deja. La paz difícil de quien ama perdiendo las propias seguridades; la paz misteriosa de Getsemaní y de la cruz, que llevaba en germen la paz de la resurrección. Incluye la triple venida, el gran don trinitario al discípulo. Es la paz que celebra el amor entre los hombres que se descubren hermanos y deciden vivir como tales; el espejo de la humanidad verdadera, auténtica, fraternal.

 

 

“¿Perdonarías al asesino de tu hijo?”

 

SLIDE 1

Toño Flores es un católico mexicano, autor de un librito-testimonio estremecedor titulado ¿Perdonarías al asesino de tu hijo?

 

El 17 de agosto de 2006 su hija Janette, “una niña muy alegre”, estaba jugando con sus primitos en la calle cuando se desató un tiroteo entre pandillas y una bala le atravesó el cráneo a la niña.

 

En el hospital, mientras los médicos intentaban hacer algo por la pequeña, Toño se arrodilló y le habló a Dios: “Señor, permíteme amarte en el dolor. Permite que mi corazón siempre te ame y que se haga tu voluntad, no la mía”.

 

SLIDE 2

El doctor le comunicó la noticia fatal: la niña había muerto. “uno, como papá, se muere. Pero la fe me ha mantenido firme para vivir esta tribulación”. El dolor en la familia era grande. Su mujer, y sus otras dos niñas, estaban deshechas.

 

Cuatro años después las autoridades detuvieron al joven que había matado a la niña. “Cuando vi al asesino en televisión, se me abrió la llaga nuevamente y empecé a llorar”, recuerda.

 

Pero Toño no quiso quedarse paralizado en el dolor. De nuevo, se puso en presencia de Dios. “Señor, yo quiero hacer un pacto contigo: yo quiero sembrar amor donde hay odio”, oró.

 

SLIDE 3

Cuando el criminal llevaba apenas 5 días detenido, Toño fue a buscarlo a la prisión. “Lo tomé del hombro, sentía alegría, gozo, felicidad. Nunca sentí odio. Y le dije: joven, yo soy el papá de la niña que fue asesinada. Él lloraba sin poder detenerse. Y le dije: 'te perdono por lo que hiciste'. Te amo en el nombre de Jesús, y te perdono por lo que hiciste”.

 

Toño tomó la iniciativa de perdonar al pandillero sin que éste le hubiera pedido perdón.

 

“Donde quiera que se encuentre este joven yo le bendigo y pido al Señor que toque su corazón para que no cometa más delitos”,  “El Señor nos ha enseñado a amar y perdonar, y yo anhelo vivir el Evangelio hasta las últimas consecuencias”, afirma Toño.

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